La brecha entre los que dominen la IA y los que se dejen dominar por ella va a venir dada por la capacidad de los universitarios de descubrir los límites de esta tecnología y eso se consigue con pensamiento crítico. El problema es que, para aplicar pensamiento crítico frente a una respuesta de la IA, hay que tener pensamiento previo, de modo que quien haya adquirido más conocimientos estará en mejor posición para contrastar los que la IA le da. El que no tenga con qué contrastar, caerá en las garras del pensamiento acrítico porque no podrá hacer más que creerse la respuesta –correcta o incorrecta, sesgada o no– de la IA de turno. No se puede poner en duda aquello que no se sabe.
De hecho, derivada segunda del pensamiento acrítico es esa lenta pero paulatina caída por la pendiente deslizante de la falta de autoestima: dado que ya no saben casi nada y la IA parece saberlo casi todo, dejan de fiarse de ellos mismos. Y, sin conocimientos ni experiencia previa, no disponen de la valiosa intuición que en tantas ocasiones nos hace dudar de los resultados que nos da una máquina. Este fenómeno se conoce como “sesgo de automatización” y pone de manifiesto que, cuanto más se usa la IA en la toma de decisiones, más tiende el humano a imitar sus errores y menos se fía de su propio criterio.
Los cientos de alumnos que han pasado por mis clases en las últimas décadas recuerdan bien el más importante de los conceptos de cualquiera de las asignaturas que imparto: para ser buen profesional hay que ser buena persona.
Mi temor, ahora que la IA ha llegado a la Universidad, es que, obnubilados por las rápidas respuestas sin ética de un desordenado conjunto de fuentes, la IA les haga olvidar que son ellos, y sólo ellos, las buenas personas.
María Solano Altaba es profesora en la Universidad CEU San Pablo e investigadora en ThinkOnMedia y la Cátedra ENIA.
Una columna de opinión publicada en el diario El País.


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